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De Villa Iler solo quedan los recuerdos. Las casitas construidas con el esfuerzo de muchas familias, quedaron convertidas en escombros. Una cuadrilla de encapuchados, amparados por el Esmad, las destruyeron, una a una. Primero cayó la valla que daba la bienvenida a los visitantes. Después, los encapuchados le dieron ‘mona’ a las pequeñas viviendas, que no soportaron el ataque y se desplomaron, ante la mirada impávida de quienes hasta hacía unos minutos, eran sus propietarios o tenedores.

No era Rusia destruyendo a Ucrania. Era Colombia, acabando con las aspiraciones de decenas de familias que tenían centradas sus esperanzas de dejarle a sus hijos una casita donde vivir. Finalmente, la fuerza del Estado se impuso sobre el deseo y el anhelo de la gente vulnerable que tiene que vivir en cambuches, esperando que algún les den una casita digna.

De nada valió la presencia de la Defensoría del Pueblo, la Procuraduría. La orden había sido certificada. No hubo marcha atrás. A Villa Iler, la destruyeron en medio de la lluvia y los ecos ensordecedores de los gigantescos carros del Esmad que hacían sonar sus sirenas y lanzaban anuncios para que desalojaran de manera voluntaria.

«Este es el esfuerzo de muchos años de trabajo. Cada ladrillo, bloque y bolsa de cemento, nos costó sacrificio, hambre, para poder tener una vivienda para proteger a nuestras familia» gritaba una de las líderes, que explicó que «la alcaldía no le dio la oportunidad para que ellos tuvieran una alternativa de pagar los lotes».

Pese a que los habitantes le pedían a la Defensoría del Pueblo, leer un documento en donde al parecer se daban otras instrucciones, nada fue posible. La orden era acabar al barrio, cuyo fundador fue el exconcejal, Iler Acosta, un luchador social que creyó que los terrenos eran baldíos, que se podría beneficiar a muchas familias sin techo, pero que al final aparecieron los dueños, presentaron los reclamos y los órganos de justicia ordenaron el desalojo.

Primero cayó la valla publicitaria que daba la bienvenida a los visitantes. Los encapuchados, protegidos por el Esmad comenzaron a demoler el gran aviso, orgullo de la comunidad. Después cayeron las casitas, de donde salía el sudor de cada trabajador que habían invertido sus pocas ganancias en la compra de cemento, bloques y varilla para armar el futuro de su familia.

De nada valieron los reclamos. La Defensoría del Pueblo, la policía, la alcaldía, perdieron el sentido de la audición: no escuchaban el clamor ciudadano. Paradojicamente un funcionario con gorra del Ministerio de Justicia, era el encargado de garantizar que a la gente pobre, no la escucharan, pero que le destruyeran el fruto de muchos años de trabajo.

Días antes, frente a la alcaldía los líderes de Villa Iler intentaron el dialogo para frenar el desalojo. En otras ocasiones había sido aplazado. Ahora, después del proceso electoral de marzo, el proceso no tenía marcha atrás.

1 comentario

  1. ¡Ya basta de romantizar las invasiones! El que siembra en tierra ajena, hasta la semilla pierde.

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