La tierra de Carlos Huertas, abierta al turismo mundial

DIBULLA: DONDE EL RIO Y EL MAR, CRISTALIZAN SU ETERNO AMOR

 

Río Jerez entregando sus aguas al Caribe

Comerse un pargo rojo frito, acompañado de patacones de plátano y ensalada de aguacate, mirando la Sierra Nevada y el infinito mar Caribe, metido en un chinchorro, debajo de palmeras adormecedoras, solo es posible en la ‘Boca’, en donde las aguas del río Jerez, se dejan tragar del océano, como una doncella enamorada.

‘La Boca’ es un poema, a la hermosura. Es el puerto que ve zarpar en las madrugadas a los pescadores, y los recibe por las tardes, cuando regresan de sus faenas, con sus cayucos de maderas, cargados de pescado fresco.

Dibulla, es la tierra que vio nacer al gran Carlos Huertas, el famoso cantor de Fonseca. Es, quizás, el pueblo más autentico del Caribe, de hombres y mujeres, que no hacen esfuerzos para mantener su figura esbeltas, porque la base de su alimento es el pescado con alto contenido de omega.

Esta tierra, cuya historia está plagada de saqueos y destrucciones, por parte de piratas, corsarios, filibusteros, resistió ataques feroces como los de Pedro de Badillo, García Lerma, Gonzalo Suárez y López de Orozco, los cuales entre 1.525 y 1.576, acabaron varias veces al pequeño poblado conocido como la Ramada, Salamanca de la Ramada o La Nueva Ramada.

Hoy, Dibulla se ha convertido en la meca del ecoturismo del Caribe colombiano, en cuyo territorio municipal, se levantan hermosas construcciones que sirven para recibir, ya no, a los europeos saqueadores, sino a la nueva generación del viejo continente, que llega a deleitarse con sus playas, ríos, montañas, bosques tropicales, e incluso, a saborear un poco de cannabis, cuyos efectos psicotrópicos enervan a los visitantes extranjeros.

De aquella Dibulla, de casitas de bahareque, techos de zinc o palma, ya solo quedan los recuerdos. Ahora son hermosas casas de ladrillos, de grandes terrazas, calles pavimentadas, buenos parques infantiles, que la han convertido en uno de los mejores vivideros de La Guajira.

Llegar a estas tierras,  es como un bálsamo visual que quita el estrés y te invita a disfrutar de la paz, la tranquilidad y la exuberancia de su paisaje.

Desde cualquier lugar del pueblo se puede ver, las montañas de la Sierra Nevada, habitada por los koguis, arhuacos y wiwas, quienes comparten territorio con colonos, dedicados a la producción de alimentos, como café, caña de azúcar, plátano, yuca, ñame, combinado con la ganadería a mediana escala.

Hace años, Dibulla era la despensa de Riohacha y Santa Marta. Los famosos camiones mixtos, salían desde la madrugada cargados hasta el techo de todas las exquisiteces que brinda la madre tierra. El plátano, la yuca y la panela dibullera, eran codiciadas en las plazas de mercado. De eso, poco queda. El campesino no produce a gran escala. Las tierras las han diversificados hacía cultivos como arroz.

 

Turismo

Pero el otro fuerte, es el turismo, en donde el municipio se ha convertido en potencia, su recurso hídrico. De la sierra, bajan ríos como Palomino, San Salvador, Negro, Ancho, Cañas, Lagartos, Jerez, María Mina, los cuales tributan sus aguas sobrantes al mar Caribe, haciendo de este encuentro algo mágico que atrapa a los visitantes.

Llegar a Dibulla es fácil, solo te desvías en Casa Aluminio, por una carretera muy bien asfaltada y conservada, y estarás en Maziruma, un portentoso centro recreacional, construido por Comfaguajira en l.989, pero que se ha convertido en el icono turístico de toda la región.

La otra vía, es tomando el desvío de Campana Nuevo, por una excelente carretera cubierta de frondosos árboles, fincas plataneras y bananeras, que te llevan a ‘Cuatro Caminos’, en donde debes decidir, si te bañas en el río, te vas para La Punta de los Remedios o sigue tú camino hasta llegar a Dibulla, donde te espera el monumento al burro y al campesino trabajador.

 

Gastronomía tropical

En estas tierras disfrutará de buenos sancocho de pescado, con yuca, ñame, plátano; también te comes el pescado en diferentes modalidades: frito, en escabeche, bañado en coco, asado o en arroz.

El que llega a estas tierras se enamora y se queda, eso dice Carlos Díaz, un viejo ambientalista que hasta hace poco iba a la orilla del río para hablar con los caimanes, a los cuales llamaba con sonidos de ollas.

El río tiene tres sitios de encuentro. En el puente donde llegan los bañistas a disfrutar todo un día lanzándose a las aguas. En la curva, donde las mujeres se bañan desnudas, evitando que los hombres no se escondan entre los árboles para ‘cogerle’ punta y la boca, sitio donde llegan los turistas y las embarcaciones pesqueras.

El Jerez arrastra muchas historias de amores nacientes e infidelidades. Muchos aseguran que la mayoría de dibulleros se enamoraron bajo el disfrute de sus aguas. Las mujeres salían a lavar la ropa y los hombres las acechaban, bajo el argumento de cuidarlas de los caimanes que abundan en ese sitio.

Cuentan los narradores, que un ‘caimán ciego’, se enamoró de una dibullera, que iba diariamente a lavar la ropa y le llevaba comida al animal. Un día, otros animales quisieron cortejar a la mujer y, el reptil ciego los atacó, pero fue vencido. La mujer llena de tristeza, no volvió al río a cumplir con su ritual.

 

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